A sus 76 años Fernanda de la Figuera, la principal mujer activista de la legalización de la marihuana en nuestro país, se enfrenta a una condena por cultivo y distribución en un juicio que se celebra este jueves en Málaga

Si el sentido común y un juez sensato no lo remedian es muy posible que la mayor activista sobre los derechos cannábicos que este país llamado España ha conocido acabe en la cárcel a partir del jueves 25 de abril. Ya sabemos que este es un país singular en una época singular donde conforme sea más grande y oneroso tu delito menos posibilidades tienes de ser encarcelado por ello. “La Justicia es el sistema que tienen los ricos para hacerle creer a los pobres que los abusos que estos sufren serán algún día compensados. Esto es bueno saberlo. Pero tampoco es necesario revelarlo públicamente. Porque, si lo haces, corres serio peligro de que todo el peso de la Justicia caiga sobre ti”. Esta frase debe ser de alguna persona que supo ser anónima a tiempo, porque me ha venido revelada sin tener que googlear nada. A lo que vamos. Salvo que alguna sensatez se imponga a última hora, Fernanda de la Figuera, madrileña de 76 años, residente en el municipio malagueño de Alhaurín El Grande desde hace 41, puede acabar con sus huesos en prisión. Mientras países como Canadá, Uruguay y muchos estados de los EEUU aplican ya la legalización del cáñamo, la llamada “Abuela Marihuana”, “la abuela de la María”, puede acabar en el trullo por cultivar su apodo, fumar petardos durante gran parte de su vida, enseñar a otra gente a hacerlo y ayudar a personas que necesitan de sus cualidades medicinales. Este jueves 25 de abril, a partir de las diez de la mañana en el juzgado nº 5 de la Audiencia Provincial de Málaga se decidirá su caso. La fiscalía pide cuatro años de prisión para Fernanda por cultivo y distribución de sustancias ilegales.

CLUBES CANNÁBICOS PARA CUBRIR VACÍOS LEGALES

Vayamos a los hechos. Este juicio hay que inscribirlo en un momento histórico del activismo cannábico en nuestro país. Hace ahora menos de una década, bajo el impulso del avance mundial que en muchos países estaban siguiendo las tesis desprohibicionistas o legalizadoras, se empezaron a crear clubes cannábicos en España. Los clubes de Cannabis no eran sino asociaciones privadas que permitían a los consumidores habituales distribuir su marihuana cultivada en entornos seguros al margen de camellos desconocidos y del tráfico ilegal de la sustancia. La legislación española no penaliza el consumo personal ni el cultivo cuando se considera que éste no va destinado al tráfico sino, precisamente al uso personal. ¿Pero cuántas plantas y cuántos gramos de yerba se consideran consumo personal y cuántas tenencia ilícita o tráfico? Ah, misterio. Nada en la Ley lo especifica. La decisión de la cantidad siempre cae en manos de fuerzas del orden público y jueces que pueden condenar a alguien con veinte gramos y cuatro plantas en su jardín y hacer la vista gorda con otra persona que cultiva decenas de plantas en su jardín. Así que muchos consumidores habituales de este país, que según varias encuestas es el mayor de la UE tanto en consumo como en simpatías de la población sobre su despenalización -alrededor de dos tercios están de acuerdo en despenalizarla, según datos de varias encuestas de los últimos años-, decidieron constituirse en asociaciones que bajo la figura del Club Cannnábico permitiesen su consumo sin el temor de verse arrestados o perseguidos. De esta manera se intentó también controlar la calidad del producto sin riesgos y un cierto control de mercado en un país donde se pueden comprar semillas, fertilizantes y cientos de productos destinados a mejorar los rendimientos del consumo en grown-shops, pero no hay lugares regulados para vender el producto. Poco importa en este caso el fundamento del uso. Si su consumo tiene bases medicinales o recreativas. Si comes mantequilla de cannabis para evitar vómitos provocados por una quimioterapia o te fumas diez petardos de cinco papeles para escuchar a Bob Marley. La ley española no se moja. Y es su aplicación la que ha ido generando jurisprudencia.

Fernanda de la Figuera es una de las ciudadanas que ha sido exonerada en alguna ocasión de las acusaciones de cultivo ilegal, tenencia ilícita y distribución. “En 1995 gané el primer juicio de cultivo y se dictó una sentencia favorable al considerar que mis cultivos tenían un objetivo medicinal. Desde entonces yo contaba con esa jurisprudencia que me protegía. O eso creía yo. Han intentado hacerlo varias veces y han entrado a quitarme las plantas. Tanto Guardias civiles como ladrones. Pero cuando iba al juzgado de la comarca, la jueza, que ya me conoce como todas las personas del pueblo, mandaba que soltaran a esa señora que no hacía nada malo”, recuerda Fernanda.

MARÍAS X MARÍA

Fernanda, que fue la primera mujer que lideró una asociación en España en defensa de los consumidores de cannabis -fue miembro de la junta directiva de la ARSEC, la primera asociación española que se montó en Barcelona y presidente y fundadora de la ARSECA en 1993 en Andalucía, además de ser uno de los rostros de la lucha y el asociacionismo cannábicos en Europa-, admite que este juicio le ha pillado con el paso cambiado y que le está generando preocupación y ansiedad. Ansiedad que se quita, como sus mil dolores, pequeños o grandes, de “abuela, abuelísima” con la maría. “Ya no fumo como antes por los pulmones, que los tengo hechos un asco; yo he sido fumadora empedernida pero ahora suelo tomarla de otras maneras: en tintura, friegas o aceites y en dulces con mantequilla de cannabis”, reconoce. “Desde hace años padezco de reuma, artrosis y artritis reumatoide, tengo varias hernias discales. Me cura el dolor. Y eso no lo digo yo. Ya lo sabe toda la comunidad científica en todo el mundo. Si no fuese por la maría yo iría en silla de ruedas. Yo defiendo el uso recreativo, faltaría más. Así empecé. Para mí la maría es esencial”, asume.

La vista judicial prevista para este jueves deberá cerrar un proceso iniciado hace unos cinco años, cuando en 2014 clausuraron la asociación Marías X María, uno de los seis clubes cannábicos que se abrieron en Málaga bajo las circunstancias legales, políticas y sociales que antes referíamos. Entre todos los clubes agruparon a un millar de asociados que nunca tuvieron el más mínimo interés en ir al mercado negro para hacerse un peta. Abogad@s, médic@s, economistas, periodistas, profesor@s universitari@s, amas de casa, estudiantes mayores de edad, artistas, albañiles… De todo había en esos clubes. Mucha gente de bien con diferentes ratios de consumo. Fernanda, como siempre, era la presidenta de su asociación fuertemente femenina. Y también la que cultivaba para l@s soci@s en su huerta la maría que luego tod@s fumaban. La procesaron a ella, a la secretaria y a la tesorera por asociación ilícita. A las últimas les piden dos años por distribución de sustancias ilegales. A ella, como jardinera ejemplar, esos dos y otro par más por cultivo ilegal. Total, cuatro años. Con dos suelen condonarte las deudas. Con cuatro, no te libras del patio. No es la residencia que más ilusión le hace a una anciana activista. “Por primera vez en mi vida, estoy preocupada de verdad”, admite, “estaba convencida que esta denuncia había pasado a dormir el sueño de los justos porque ya había jurisprudencia que me protegía como consumidora y cultivadora. Nunca me he escondido. Todo lo contrario, porque siempre he sido consciente de lo que hacía y por qué lo hacía. Cuando supe que nos procesaban me asusté mucho”.

DE FUMAR JUNTO A PERÓN A DESCREER DE LA POLÍTICA. 50 AÑOS DE ACTIVISMO

“Chico, es muy curioso que la primera noticia del uso del cáñamo con usos medicinales proceda de un herbolario chino del 2700 ac. Casi cinco mil años de uso documentado. Y aquí, donde su uso está más que aceptado socialmente, estamos prohibiendo y encarcelando. Pero a los ricos nunca les ha interesado el cáñamo porque es una planta tan barata y versátil que no pueden hacer negocio”, dice esta madre de dos hijas con dos nietos. Ambas adoran a su madre. Una de ellas es militante y consumidora moderada. La otra, nunca ha tenido interés en consumir. Pero también comparte con su madre las ideas desprohibicionistas.

Fernanda nunca les impuso nada, no hizo apología de nada, pero tampoco les ocultó sus ideas. Lo terrible del cannabis y de otras plantas que poseen principios activos cuyos efectos pueden ser psicoactivos, es que la manta legal que se cierne sobre él está normalmente amparada en fundamentos de tipo ideológico y hasta de salud, aunque el trasfondo sea una invisible lucha comercial, por lo tanto, económica, de fondo. “Que aquí estén legalizados el tabaco y el alcohol, con sus regulaciones correspondientes, y sabiendo el daño que hacen, porque mis pulmones están así por fumar, no por la maría, y se impidan fórmulas de normalización como las de los clubes cannábicos que nos sirven para protegernos de los efectos indeseados de un mercado negro, es de traca, chico”, sigue sorprendiéndose Fernanda.

Como hace décadas cuando creyó, ingenuamente, en sus años de combativo antifranquismo madrileño, que si Felipe González llegaba al poder legalizaría la marihuana. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los consumidores y usuarios de la marihuana y sus derivados o no saben, o no pueden o no quieren cultivar. Alguien de confianza tiene que hacerlo. Y no hay nadie que genere más confianza que Fernanda. Su cercanía de voz de lija, su conocimiento del tema y su pericia como jardinera han ayudado a muchas personas. Llevo toda la vida militando, yendo a debates, ayudando a su visualización, estudiando y aprendiendo de y con esta planta milenaria que no sólo me ha ayudado a ser más libre y a pasármelo muy bien sin hacerle daño a nadie, sino que también me ayuda ahora a vencer dolores provocados por la enfermedad. A mí y a muchas personas. Y lo primero que he aprendido es que tienes que cultivártela tú. Y no todo el mundo tienen que saber, querer y poder hacerlo, aunque yo llevo enseñando décadas a hacerlo de manera ecológica y sostenible a muchas personas. Al narcotráfico lo único que le interesa es el dinero no la seguridad de las personas. Nunca sabes la calidad, las propiedades ni el origen de lo que estás fumando ni cómo ha sido cultivado. La mierda del hachís de Marruecos hace muchos años que no lo uso. No lo haría ni muerta”, asegura.

Aunque está descreída ya de los políticos y los partidos, aún espera que las ideas sobre la legalización que guarda el programa de Unidas Podemos puedan florecer algún día. Del PSOE ya no espera mucho. “Siempre han dicho una cosa diferente en la oposición y en el gobierno con respecto a este tema y no parece que vayan a cambiar”, apunta. Lejos quedan aquellos años madrileños de los 60, en la puerta del edificio donde vivía el exiliado General Perón en Puerta de Hierro, donde la veinteañera Fernanda, estudiante de periodismo y colaboradora de revistas de jazz, probó los porros por primera vez. “La situación era completamente diferente a la de hoy día. No había las drogas que hoy existen al alcance de tantos, el entorno era la gente de la bohemia. Ni el hachís, que era lo que entonces se consumía, estaba tan en la calle como hoy ni estaba tan mal visto. Con quienes yo fumaba era con los músicos. Y allí conspiraba, hablaba de política, de amor libre, de arreglar el mundo”, recuerda.

UN ASUNTO DE FAMILIA

Independientemente del resultado de la sentencia del juicio de pasado mañana, lo cierto es que Fernanda es una mujer que ha ayudado a arreglar el mundo a su manera. A hacerlo mejor, digo. Recuerdo verla en un documental resumen de 25 años de Informe Semanal donde ella aparecía en 1978 siendo la portavoz de movimientos feministas a favor de la despenalización del aborto con una juventud que yo no le he conocido y el mismo pico de oro que hoy conserva. Aunque sea la abuela de la marihuana -un apodo que le puso un electricista que fue un día a su casa a arreglarle algo y se encontró con su habitual vergel verde- le preceden décadas de activismo y lucha. Y de mucho ayudar al prójimo a su manera.

Voy a rematar con una historia personal. Yo conocí a Fernanda en el año 1996, yendo a cubrir la constitución de la ARSECA en su finca de Alhaurín en un reportaje para El País, donde trabajaba entonces. Allí conocí a esta Pasionaria de la yerba cuya vitalidad me impresionó. También me impresionó la calidad de la maría que me dio a probar cuando acabé mi trabajo. Pero eso es otra historia. Una historia que, sin embargo, me llevó a comprender que el lugar de la maría debía estar en nuestros jardines no en los bolsillos de un camello que pone cara de secundario de un thriller malo en un bar nocturno y que si yo defendía un derecho a la recreación personal y libre debía defender también ser el responsable de su producción y sus formas de consumo. Así, como militante que me hice de ARSECA al acabar mi reportaje, pasaron los años, intentando divulgar en mi día a día el sentido común de esos derechos que las políticas nos quitaban o nos devolvían a lo largo de la Historia. Nunca fui un fumeta empedernido -no he sido empedernido en casi nada- ni siquiera constante. Pero siempre defendí mi derecho a disponer de mi piel p’dentro, de proteger mi salud y de disponer de mi ebriedad sin hacerle daño a nadie, aunque mi cuerpo pudiese correr riesgos en el proceso. Ya saben la máxima de Paracelso: “dosis sola facit venenum”. Descubrir mis dosis de cada cosa en cada momento era mi derecho y mi deber.

En el año 2000 mi madre sufrió un diagnóstico de cáncer. Fue algo repentino y sorpresivo para una mujer de 67 años que nunca fumó ni bebió y cuya vida estaba llena de naturaleza y caminatas senderistas. Era muy agresivo y se había detectado tarde. Tras una intervención donde los médicos tiraron la toalla y la volvieron a cerrar, escuché el peor diagnóstico en caliente, al ver salir clandestinamente al doctor de la sala de operaciones visiblemente enfadado. “¡es que a mí me tienen que tocar todos los muertos, joder!”. Lo que siguió fue un mazazo. Pronóstico de dos meses de vida para un organismo invadido y colapsado por las células cancerígenas al que sólo le quedaban los protocolos médicos: quimio a cascoporro y a rezar. Posiblemente la quimio retrasara el proceso. No era seguro. Pero algo había que hacer. Fue entonces cuando empecé a aplicar las cosas que había estudiado como autodidacta y a hablarle a mi madre de medicinas naturales. De repente el cáncer que siempre había pasado rozando a mi familia se instalaba en su corazón.

Ya no se trataba de derechos individuales y de vida saludable, se trataba de una emergencia. Busqué en los márgenes de la Seguridad Social profesionales que tuviesen otros métodos paliativos naturales y me lancé a hacerle una confesión a mi madre: sé que la marihuana te puede ayudar. Al principio, desconfió. Pero yo sabía bien que era una de las personas más razonables y curiosas que había conocido en mi vida. Así que me armé de datos y argumentos. Le presenté a Fernanda y a uno de los médicos que estaban en ARSECA. Le puse documentales y le dejé libros. Ella nunca había tomado drogas. Les tenía miedo. No cuestionaba su peligrosidad ni discriminaba. Pero aquello sí que era una cuestión de vida o muerte. Escuchar a personas responsables y alguna con bata blanca le ayudó a bajar las defensas. “Bueno, vale ¿y qué es lo que propones?”. Le conté mi plan: usar la maría como paliativo de los vómitos, poder dormir, reducir los dolores y recuperar el apetito perdido por la ascitis hepática que tenía a su vientre como un globo lleno de líquido. Sabía que no podía fumar. Así que le pedí a Fernanda que me preparase una mantequilla de maría y yo se la suministraría como un enfermero. Todas las noches cubriría los huecos de un caramelo de miel, limón y eucalipto con mantequilla de maría y veríamos los efectos. Tras dos días de vómitos incesantes después de la quimio que no lograban reducir las pastillas de Zofrán, probó con mis caramelos con maría. El efecto fue instantáneo. Nunca más volvió a usar unas pastillas cuyo blíster de veinte pastillas costaba entonces el equivalente de poco más de seiscientos euros que pagábamos tod@s. Lo que gasté en la mantequilla de mamá no llegó a cuarenta euros en los dos años largos que disfrutó aún de la vida.

“¿Y ESTO POR QUÉ LO PROHÍBEN SI ES TAN BUENO?”

La historia no termina aquí. Mamá pasó del miedo inicial a la peligrosa droga convertirse en una simpática abuela activista en todas sus conversaciones. A todo el personal del Hospital materno Infantil que la cuidó y la quiso durante aquellos dos años les argumentaba con una sinceridad y sentido común desarmantes cómo era un sindiós que algo tan útil, natural y barato estuviese prohibido. Mucha gente del personal le confesó que era ella quien tenía toda la razón y varios médicos y enfermeros, convencid@s de la discreción de mi madre, le confesaron a la señora Carmen de la Plaza que ell@s muchas veces habían recetado por lo bajini a sus pacientes un remedio prohibido por las estructuras. Un buen día, mamá me dijo que lo de usarla para los dolores y las arcadas y para abrir el apetito era lo más, pero que ella no quería irse de este mundo sin colocarse. Yo le dije que no se iba a fumar un porro porque iba a toser como una condenada pero que le podía pedir a Fernanda que me hiciera unas pastitas de té y chocolate, “como esas de Lepanto que tanto te gustan” y que con eso tendría suficiente. Me miró como solía hacerlo, con esa ceja levantada de qué tontería nueva me está contando mi hijo, pero, como siempre, escuchando. Y en aquel momento yo me había ganado un manto de confianza de armiño invisible como primogénito. Así que Fernanda me hizo las dos pastitas, para qué más, que me regaló y yo se las llevé a mamá. Lo quiso hacer en la intimidad. Una noche recibí una llamada suya por teléfono. No paraba de reír. “¡Niñoooo, jajjajjajajaj, pero esto por qué lo prohíben, si es tan divertido, jajjajajaja. Pero cómo estamos tan locos, jajajjaj. Si esto no le puede hacer daño a nadie…. Jajajjajajajaja!”. Luego durmió como un ceporro. Al día siguiente tenía los ojos un poco cargados y una cara entre agradecimiento, satisfacción y la picardía de haberse saltado un “ceda el paso” sin que la pillaran. Me dio las gracias y me dijo algunas cosas por las que cualquier hijo daría su barco al escucharlas de boca de su madre que me reservo. Yo me sentí libre y agradecido por aquel momento y por el proceso de liberación de un secreto inocuo con la persona que me había enseñado todos los códigos éticos de mi vida.

Y fue Fernanda quien me ayudó a hacerlo. A mí y a otras muchas personas a lo largo de los años, quienes, como mi madre, no sabían a quién acudir cuando los protocolos médico-farmacéuticos oficiales les daban con la bata encogida en las narices. Me consta. Es impensable, y ahora no hablo como periodista, sino como ciudadano, que una mujer así pueda acabar en la cárcel. Que la Fernanda entre en el trullo mientras, curiosamente, existe una asociación cannábica en mi ciudad dirigida por gente formada y asesorada por ella misma a la que jamás han registrado ni denunciado. Ella, que nunca ha sido una traficante, y que se ha partido la cara por tantas personas como mi madre durante toda su vida. Sea lo que sea que pasado mañana suceda, si Fernanda fuese condenada tras haber sido ya absuelta en otras ocasiones, la sociedad, los políticos, los fiscales, los médicos y los jueces, deberían premiar a esta abuela única de voz de lija y de espíritu inquebrantable. Por haberle entregado su vida a una planta que lleva dándonos remedios, alimento, materiales para construir nuestras casas, nuestros vestidos desde siempre. Y no reconocer eso es ser simplemente, un rufián. Por mucha Ley que se esgrima en la sentencia.

Y eso lo saben hasta los chinos. Y desde hace casi cinco mil años. Lo dice la arqueología. Pero yo no me hago a la idea de ver a la Abuela vestida con un mono naranja. Eso sí sería para flipar en colores.

 

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Fernanda de la Figuera, “La Abuela de la María”, es una de las mayores activistas cannábicas en nuestro país. Residente en Málaga desde los años 70, ha sido cultivadora y activista de cannabis desde 1973. En 1995, fue procesada por cultivar cannabis y obtuvo la primera absolución registrada en España. Esto llevó a la fundación de ARSECA (Asociación Ramón Santos de Estudios sobre el Cannabis de Andalucía) en Málaga en 1996, de la que se convirtió en presidenta honoraria. En 2002, Fernanda cofundó el Partido de Cannabis de Valencia y la FAC (Federación de Asociaciones Cannábicas). Más tarde representó a la. Ponente habitual desde los años setenta en debates, ferias, congresos y convenciones alrededor de la cultura cannábica y cuestiones legales relacionadas con la desprohibición, ha cofundado el Cannabis Party de Valencia, la Federación de Asociaciones Cannábicas, ha representado a la Coalición Europea para Políticas de Drogas Justas y Efectivas (ENCOD) en España. Fundó el primer club social de cannabis en Andalucía, Marías X María, que contaba con más de 200 miembros. En 2012, recibió el Premio a la Cultura del Cannabis del Museo Hash, Marihuana y Hemp de Amsterdam, siendo la primera mujer en recibirlo.

Héctor Márquez es periodista y activista por el derecho a colocarse de lo que uno buenamente quiera y pueda.